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Descendiente de inmigrantes, Carlos Marcos, desde Henderson cuenta su experiencia de vida, con la familia erigida en un pilar clave para el sostenimiento de la empresa.

 

La historia de Carlos Marcos (59), ganadero de Henderson, es bastante similar a la de tantos argentinos, descendientes de inmigrantes, que forjaron el país desde el interior profundo y en la mayoría de los casos trabajando en el campo desde muy jóvenes.

Hombre de palabras simples y silencios expresivos, recibe con una gran amabilidad en su campo a ESPACIO PRIMIA y en la antesala de un excelente asado –en un muy buen punto de cocción pese a que la visita se demoró un poco más de lo acordado- recuerda que “mis abuelos vinieron de 18 años a la Argentina. Mi papá nació en 1918; hace bastante más de un siglo que estamos en la actividad y mi hijo sería la cuarta generación”.

En la familia de Marcos se produjo una situación que también es bastante habitual y consiste en la división de la explotación agropecuaria conforme ésta trasciende generaciones y se suman los descendientes al trabajo. “Como toda familia los padres tuvieron hijos y estos trabajaron por separado. Después mi padre y mi tío se fueron dividiendo”. Tal situación “no deja de ser un problema, porque cada división te debilita en cuanto a la superficie y a las herramientas”.

Carlos Marcos y su hermano trabajaron juntos hasta el 2006 en que cada uno decidió seguir por su lado, lo que está claro le genera sensaciones encontradas: “No está mal porque a veces uno tiene una idea y otro tiene otra y hay formas de vida distintas. Pero todos aquellos que puedan seguir trabajando juntos tienen más ventajas que cuando te separás. Un tractor o una sembradora grande te trabajan todo el campo y si te separás necesitás el doble  de máquinas. Pero también cada uno puede elegir que hacer, agricultura, ganadería”.

En la actualidad Marcos trabaja unas 650 hectáreas y alquila algo aparte. “Siempre andamos en 1.500 animales aproximadamente. Hacemos ciclo completo y a su vez compramos animales. Cuando la superficie se achicó ahí entró a pleno el feed lot; hasta ahí se racionaba un poco más a campo”.

Se trabaja en modo rodeo cerrado: “hacemos las vaquillonas y los toritos, tenemos rodeo de vacas coloradas, negras, pampas y generales. De esos rodeos se sacan toros para vaquillona o vaquillona”.

Carlos Marcos

El plantel se hace con ejemplares de las razas Aberdeen Angus negro y colorado y Hereford y cruzamiento en el rodeo general. “Hoy el Aberdeen Angus colorado se ha agrandado mucho de carcaza y en la cruza se nota en la cruza con Hereford es muy blanda y lo podés vender a los 300, 400 o 500 kilos, hay elasticidad para engordarlos”.

Respecto de la genética, compran toros de pedigree, casi “como un hobby. Si bien en algún momento hicimos inseminación ahora tenemos nuestros toros pedigree comprados y hacemos el rodeo con ellos. Hace 25 años que vendemos toros en el campo, pero no participamos de exposiciones”.

Hace cuatro años que trabaja con los productos Primia y se muestra muy conforme. “El producto está bien hecho y ellos se manejan muy bien, confiamos mucho en su asesoramiento”.

En el caso de la producción agrícola se siembra maíz que se embolsa y una proporción mucho menos importante en superficie de soja. Parte de la oleaginosa se usa como y parte se vende.

Los rendimientos promedio son los normales en la zona; en años sin dificultades climáticas llega a los 8.000 kilos en maíz y a los 3.000 en soja la soja de primera.

Marcos narra que también se siembran pasturas para las vacas: cebadilla, festuca y ray grass, “Sin alfalfa, por una cuestión de manejo de empaste. La cría está a más de 30 kilómetros de acá y si bien es cierto que hay gente, no la podés manejar tan cerca como esta. Del empaste con alfalfa no te escapas, tenés que estar muy encima, usar productos, los eléctricos se pasan por abajo”.

Plantea como una gran dificultad creciente encontrar el recurso humano adecuado para el campo. A punto tal que lamenta y considera “cada vez más difícil” reemplazar a quienes por una u otra circunstancia dejan de trabajar.

Pone como ejemplo, en ese sentido, que “los dos años anteriores trajimos la parición acá, con los animales encerrados. Una vez hecha la parición el ternero quedaba acá, a los 60 kilos se  destetaba y la vaca se iba sola”.

En términos de dificultades las propias del país no son ajenas a la charla. “Es imposible adaptarse. Lo único es que nosotros somos muy conservadores. Si no tenemos la plata no compramos y si podemos, tenemos una cosecha guardada. No se puede ir exigido financieramente, porque es imposible. Hay gente que ha tenido suerte, porque la inflación le ha tapado los problemas que podía haber tenido. Pero igual, ¿cuántos chacareros desaparecieron?”

Como contracara en términos económicos recuerda que sus padres y abuelos “tenían guardadas dos o tres cosechas y nunca tuvieron problemas”.

Como defensa ante la inestabilidad propia de la Argentina, Marcos sostiene que una empresa de su tipo “tiene que ser muy familiar y la familia tiene que estar integrada. De lo contrario, no hay forma; con mano de obra que no está especializada te ayuda a fundirte. Los números son muy finitos y si encima los hacés mal….

“En el pueblo está mi señora que hace todos los papales, es la administradora, con nuestra ayuda. Mi hijo me acompaña y ya me ha superado en todo; tenemos además algunos empleados. Vamos renovando gente porque un empleado se jubiló hace dos años otro se jubila el año que viene. Eso es lo difícil de la cuestión”.

Con años de experiencia en la vida y en el campo considera bueno “que los jóvenes se preparen antes para esto. Nosotros a los 12 años andábamos prendidos en cualquier cosa. Se va corriendo cada vez más lo de mamar los oficios y eso se nota”.

Al aludir a los aspectos más negativos para la producción, Marcos señala que “nunca hay nada a  largo plazo, jamás se puede proyectar, por ejemplo, a diez años. Es un cambio constante de situaciones: la soja, el destete, la vaca. Lo más fácil sería decir vendo todas las vacas siembro y me quedo en el pueblo. Pero en situaciones de inundaciones o sequía podés pasar un mal momento”.

Advierte asimismo que “una vez que al campo le sacás la producción, es muy difícil volver a ponerlo en marcha. Tenés que contar con herramientas, molinos, aguadas, corrales, alambrados. Una estructura que lleva muchos años y nunca terminás de hacer lo que querés lograr”.

Considera además que a la ganadería “hay que mamarla de chico. La agricultura no, está muy tecnificada; el que va en el tractor es un chofer. La vaca es la misma de 100 años atrás, si bien es cierto que hay más estructura, el animal no cambia. Si una vaca no puede parir y nadie la ve, se mueren la vaca y el ternero”, razona.

Marcos también incursionó como tantos otros productores en la cría de cerdos. “En los 80, no existía la tecnología de hoy, pero teníamos mil chanchos con parideras afuera. En el 1985 vino la inundación; no se podía entrar con comida, vivíamos encajados y ahí pasamos a criar terneros guachos que salíamos a buscar a Henderson, Luján, Pehuajó, Cañuelas y Pigué.

“Estuve diez años haciendo eso aparte de los demás trabajos. Llegamos a criar 500 terneros con amas por año y había que recolectarlos con la camioneta y un carrito. Pasó esa etapa y empezamos a aumentar las vacas de cría, empezó el feed lot.

Hoy evoca de manera nostálgica ese momento de su vida: “Me gustó mucho esa etapa de la vida. Trabajaba con más libertad, menos exigencia de impuestos de todos los días. Te daba tiempo a trabajar más y por supuesto tenía otra edad”.

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